America, Argentina
Categoría padre: ROOT Categoría: Teología India

PUEBLOS INDIGENAS,

PASADO Y FUTURO DE LA HUMANIDAD

 

Eleazar López Hernández[1]

Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas. México

 

 

Introducción

Los pueblos indígenas de América y del mundo hemos sido en los últimos 500 años unos perfectos desconocidos para las sociedades dominantes: nadie nos veía, nadie nos oía. No miraban nuestro rostro, no mentaban nuestro nombre. Nos pusieron otros nombres y epítetos a la medida de sus caprichos o intereses, nos vistieron y enmascararon a su imagen y semejanza con tal de no vernos y aceptarnos como realmente somos. Para muchos los indígenas no somos más que unos muertos o condenados a muerte que siguen deambulando por cerros y ciudades.

 

Pero en los últimos años se nos ha subido a la cabeza lo indígenas y hemos irrumpido en los escenarios de la humanidad tal cual somos, con nuestro rostro y corazón propios, con nuestra palabra milenaria. Los pueblos indígenas del mundo somos los descendientes y herederos de la sangre y cultura de los habitantes originarios de la tierra; somos el vínculo más seguro de la población humana actual con sus raíces ancestrales. Los indígenas conservamos las semillas primigenias de la especie humana.

 

En cambio la globalización económica y cultural, que ahora impera, inició en el siglo XVI con el descubrimiento de las rutas comerciales desde Europa hacia el lejano Oriente, a Africa y a América, y para implantarse arrasó, aplastó o subyugó a pueblos antiquísimos a quienes les arrebató el derecho a existir como tales. La resistencia indígena a esta agresión ha sido amplia y consistente, aunque se vea reducida muchas veces al ámbito cultural y religioso.  Es esta resistencia la que nos ha dado el ser diferentes y otros dentro de las sociedades dominantes.

 

¿Cuántos indígenas hay?

La población indígena mundial ni siquiera ha sido contada con veracidad. Los hacedores de censos no saben con qué criterios definir quién es indígena y quien no lo es; a menudo prevalen estereotipos que nos equiparan con indigentes y en consecuencia fácilmente reducen u ocultan deliberadamente nuestro número y porcentaje. En varios países de América se ha afirmado incluso que, gracias a Dios, ya no hay indígenas, porque al escolarizarse, al hablar la lengua nacional y al migrar a las ciudades nuestra gente se hizo invisible para las estadísticas oficiales.

 

Sin embargo estudios serios, que parten de criterios antropológicos culturales, reconocen que en el continente americano hay, al menos, entre 50 a 60 millones de indígenas (Cf. DEMIS-CELAM 1987, Banco Mundial 1990, Johnstone 1993); en Africa habitan 15 millones; en las islas del Pacífico Sur, Australia y Nueva Zelanda, 16 millones; en Asia oriental, 67 millones; en Asia occidental, 7 millones; en el Sur/Sudeste Asiático, 80 millones (Cf. Revista IWGIA, 1990). De modo que estamos hablando de un total de cerca de 250 millones de personas, en una gama enorme de pueblos que se mueven con esquemas de vida enraizadas en tradiciones culturales y espirituales anteriores a la globalización actual. Una cantidad y variedad humana que no resulta insignificante.

 

Imagen distorsionada de los indígenas

En muchos países sobre todo del llamado Primer Mundo se tiene una imagen distorsionada de los indígenas. Como Estados Unidos de América respecto a México, la gente del Norte piensa que los del Sur somos unos sombrerudos apáticos que nos sentamos debajo de un nopal sin importarnos nada de lo que pasa a nuestro alrededor. Nos consideran seres conformistas que nos da lo mismo el calor que el frío, la comodidad que la penuria, el día que la noche, morir que vivir.

 

Nada de eso es verdad. Es una caricatura ideologizada de nuestro ser. Los indígenas somos diferentes de los demás grupos humanos y tenemos razones en nuestra historia y en nuestras raíces ancestrales para mantenernos diferentes. Nuestra otreidad no ha sido comprendida y a menudo es rechazada en casi todos los ámbitos sociales considerándola fuerza disgregadora del conjunto. Aunque somos la parte más profunda de las sociedades nacionales, no hemos sido incorporados con orgullo y dignidad en los proyectos de las naciones. Por eso mantenernos diferentes ha sido un acto de afirmación de nuestra identidad negada y la exigencia ante los demás del reconocimiento de nuestros derechos colectivos

 

¿Indígenas mudos o sociedad sorda?

Hay quienes piensan que los indígenas somos mudos testigos de la historia que pasa frente a nuestras narices; porque no nos oían proferir un grito o un lamento. Algunos llegaron a creer incluso que no habíamos desarrollado el don del habla. Y por eso querían darnos la lengua dominante. Lo que pasa es que la sociedad envolvente no sabe escuchar más que su propio eco; y nosotros queremos decir nuestra palabra y hablamos, pero no nos entienden; porque no nos quieren entender. Nuestro hablar les parece raro, porque no cabe en sus esquemas de pensamiento. Hablan un dialecto se nos dice despectivamente como indicando una condición subhumana de salvajes, que no saben expresarse en la lengua dominante.

 

¿Cuántos compatriotas no indígenas del mismo país se habían preocupado en serio en aprender nuestros idiomas? Casi nadie. En cambio nosotros hemos aprendido sus lenguas y dialectos. Y aunque ahora ya hablamos como los demás, muchos siguen sin escucharnos porque no hacen silencios en sus parloteos continuos. De modo que no es el indígena el que está cerrado al diálogo. Son los que tienen poder, o aunque no lo tengan se sienten poderosos, quienes no se abren al indígena.

 

Indígenas, hombres y mujeres de palabra

Los indígenas sabemos hablar; y lo hacemos en serio. Lo hemos hecho desde siempre; porque somos mujeres y hombres de palabra. Sabemos que la palabra es la esencia del ser indígena y del ser humano en general. Somos fruto de la palabra divina y de la palabra de nuestra comunidad. Juntos construimos el consenso, la palabra comunitaria y luego la desgranamos como se desgrana el maíz de la mazorca para comunicar nuestra experiencia humana. Hablamos para llevar al otro nuestra palabra, pero también sabemos callar para escuchar la palabra del otro.

 

Indígenas, aguerridos opositores al neoliberalismo

Han sido los pueblos indígenas los primeros en plantearse en serio el asunto de la globalización neoliberal. Las organizaciones indígenas independientes, los organismos no gubernamentales de Derechos Humanos  y los servidores pastorales de las comunidades indígenas nos esmeramos por muchos años en escudriñar el sentido y trascendencia de dicha globalización y sus implicaciones en las comunidades. No es la modernidad en sí misma lo que más nos preocupa; pues los pueblos indígenas no le tememos a la modernidad.

 

En la historia pasada nuestros abuelos(as) supieron construir modernidades y globalizaciones de gran envergadura. Mesoamérica, por ejemplo, como categoría antropológica, es el resultado de una transformación globalizante y modernizadora nunca antes conocida: del nomadismo los pueblos que vivían desde el sur de lo que ahora es Estados Unidos de América hasta el norte de Panamá pasaron a la civilización urbanística a partir de la agricultura del maíz, durante más de mil años: 500 años antes de Cristo y 800 después de Cristo.  Los Aztecas, con su tecnología de las chinampas (sembradíos sobre el lago), el comercio distante y su concepción de la guerra, implementaron en el Anáhuac mexicano una modernidad grandiosa. Lo mismo hicieron los Incas en los Andes, y los Guaraníes en el Cono Sur; y no se diga de los Mayas en la península de Yucatán y en Guatemala con su sabiduría del tiempo, del espacio y de las matemáticas. La modernidad y el progreso no son enemigos de los pueblos indígenas. Sí lo es la injusticia con que esta modernidad se construye. Y ante la injusticia nuestros pueblos han sabido reaccionar airadamente no sólo ahora, sino en toda nuestra historia.

 

Ante los tratados de libre comercio y los macroproyectos modernizadores los pueblos indígenas percibimos de inmediato no la bondad de un planteamiento globalizador que nos viene a resolver los problemas de miseria y postración, sino la voracidad despiadada de un modelo social que, después de habernos despojado de nuestro capital básico, constituida por la tierra y sus recursos naturales, ahora regresa por lo poco que nos queda.  Se trata de un sistema que enfatiza la mercantilización de todo, y la pérdida del valor humano, pues pone el mercado por encima del ser humano. Esto lo dijimos desde finales de los 80s[2] y más abundantemente a principios de los 90s. Pero nadie en el poder nos hizo caso. La globalización se impuso, a pesar de las voces indígenas y no indígenas en contra. No había alternativa argumentaron sus defensores.

 

Levantamiento zapatista en México

La constatación de la perversidad del modelo neoliberal que de tajo echaba del barco de los proyectos nacionales al 70% de la población mundial y ponía en camino a la extinción a las comunidades indígenas, trajo descontento y mucha irritación en todos; pero la resistencia no fue tan consistente: uno a uno todos los sectores sociales fueron doblando las manos para aceptar como inevitable la implantación del neoliberalismo. Los pueblos indígenas fuimos los únicos en mantener un NO rotundo al proyecto hasta el final: Primero con denuncias, desplegados y mítines, luego con marchas, plantones y tomas de oficinas gubernamentales; y finalmente, cuando los oídos del estado se cerraron y la represión se agudizó, también con actos de presión política y hasta con levantamientos armados, como es el caso de Chiapas en México.

 

Nadie se imaginó que los indígenas pudiéramos llegar a ese extremo. Pero ahí están los hechos. La conciencia de que la globalización neoliberal era el tiro de gracia o la sentencia de muerte de los pueblos indígenas y la exclusión de la mayoría empobrecida, encendió la rebeldía de los demás sectores afectados por el neoliberalismo. A todos se nos subió lo indígena, porque a todos se nos estaba haciendo indios, es decir, gente sin derechos como hace 500 años. Y despertamos de nuestro letargo de siglos, para decir Basta al sistema.  Pero no han sido las armas, sino la razón que asiste a los indígenas y el coraje por la dignidad pisoteada lo que ha sostenido la lucha hasta el presente.

 

Nunca más un mundo sin nosotros

El lema zapatista en el sureste mexicano ha sido: “Nunca más un México sin nosotros”. Los indígenas de más allá de estas fronteras también han afirmado lo mismo, pero en sus propios contextos: “Nunca más un mundo sin nosotros”. Es un lema aglutinador de la resistencia de los pobres y excluidos del neoliberalismo mundial. Todas y todos nos hemos percatado de que somos una misma gran familia que no puede ver impávida que le invadan su hogar, profanen su casa, nos echen de ella y construyan un mall o mercado enorme donde no hay cabida para nosotr@s.

 

Del corazón de los pobres se levanta la  esperanza del futuro para la humanidad. Tiene razón uno de los teólogos amigos de la causa india, cuando expresó en el tercer Encuentro Ecuménico Latinoamericano de Teología India: “Unos pueblos pequeños y olvidados decidieron un día dar su palabra propia, la de su sueño de una tierra nueva donde brille una justicia diferente y limpia, y así lograron convocar a su país y al mundo para soñar con ellos.

 

Las raíces de su sueño, de su utopía, vienen desde la historia sufriente de sus pueblos vivida en una cosmovisión propia que le da sentido. Saben que deben recuperar siempre la armonía de este mundo que Dios les ha encargado. Saben que su trabajo aquí en la tierra es ir junto con Dios abriendo siempre nuevos cauces de vida que confluyan al río de su propia cultura para hacerla más plena.”[3].

 

Conclusión

Estamos hoy en un tiempo especial de gracia y jubileo que da posibilidades para que las utopías indígenas fecunden a la humanidad y haya pronto un nuevo amanecer de la vida. El Espíritu de Dios y el espíritu humano siguen aleteando sobre el caos de la modernidad actual en espera de hombres y mujeres que, junto con El/Ella, seamos cocreadores y coformadores de un nuevo cosmos, de una Tierra sin males o de la Casa grande para todas y todos. Los indígenas percibimos claramente estas señales de los tiempos y, aun con el riesgo de ser rechazados, ponemos a disposición de los demás hermanos y hermanas del planeta las semillas de humanidad que venimos guardando en las trojes de nuestras culturas ancestrales.

 

[1] El autor es parte del pueblo zapoteca del Istmo de Tehuantepec, México, y sacerdote secular de la Iglesia Católica. Desde 1970 está involucrado en la Pastoral Indígena nacional y, a partir de 1976, es miembro del Equipo Coordinador del Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas, CENAMI. El encabezó el movimiento de Sacerdotes Indígenas de México en sus inicios y es actualmente uno de los principales impulsores de la Teología India a nivel latinoamericano. Es también miembro de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo, ASETT o EATWOT.

 

[2] Mons. Bartolomé Carrasco Briseño, Arzobispo de Oaxaca, expresaba en su homilía en la Basílica de Guadalupe el 12 de mayo de 1984: “La problemática actual que se abate sobre nuestra patria, con toda su secuela de privación, de dolor y de angustia para el pueblo y, sobre todo, de frustración ante un presente que se deteriora día a día y un futuro que se antoja apocalíptico, casi nos obliga a repetir lo que Juan Diego te expresó con tanta tristeza: ‘Desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte’ (Nican Mopohua). Dentro de la estructura de nuestra sociedad actual, el pueblo pobre - el indígena, el campesino, el obrero, el desempleado -, no es otra cosa que ‘hombrecillo, cordel, escalerilla de tablas, cola, hojas’, reducido en su dignidad y en sus derechos humanos, porque hay un proyecto de sociedad que se construye sin él y, tal parece, contra él"

[3] El P. Ricardo Robles SJ trabaja en la sierra tarahumara desde hace más de 30 años. Este escrito lo presentó en el  Tercer Encuentro Ecuménico latinoamericano de Teología India realizado en Cochabamba, Bolivia en agosto de 1997. Está publicado en las memorias y aportes del Encuentro.

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