America, Argentina
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Los indios ante el tercer milenio

Eleazar López Hernández

(Fuente: ReLat)


Ciertamente asistimos en los tiempos actuales, ya sea como simples testigos, ya sea como activos participantes, a un momento histórico excepcional. La historia, cual piscina de Betesda, está siendo sacudida por el dedo de Dios, y quienes, reconociéndose enfermos, o movidos por la fe en el Resucitado, se atreven a meterse en esta agua removida, son sanados, se ponen de pie, toman su camilla y caminan liberados(2). Es lo que, a juicio de Mons. Proaño, empezó a suceder a los indios en los años recientes: "ellos han comenzado a abrir los ojos, han comenzado a ver, han comenzado a desatar la lengua, han comenzado a recuperar su palabra, han comenzado a decirla con valentía, han comenzado a ponerse de pié, han comenzado a caminar, han comenzado a organizarse, a realizar acciones que pueden convertirse en acciones de trascendental importancia para ellos, para los países de América, para muchos países del mundo"(3).

Estamos, como ha dicho otro profeta del presente, en un kairós de gracia(4), que nos sacude, nos purifica y nos da nueva vida. Sin lugar a duda podemos proclamar que la Ruaj Yahvé del Génesis(5) aletea otra vez sobre el caos moderno para transformarlo en matriz que dé origen a formas más humanas de vida para el futuro. Esta nueva creación es, desde luego, obra de Dios, pero no acaecerá sin la intervención humana.

Los indios de este continente Tahuantinsuyo, Anáhuac o Abiayala, llamado ahora América, percibimos claramente este paso creador y liberador de Dios entre nosotros. Por eso, ante la tragedia que los pesimistas pronostican de los tiempos modernos, sostenemos, como Jesús, al enterarse de que su amigo Lázaro estaba postrado en cama: "Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios"(6). Y decimos a l@s herman@s lo mismo que la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego cuando ella oyó con su corazón que el tío Juan Bernardino, símbolo del pueblo pobre, estaba a punto de morir por la cocolixtli o enfermedad de los españoles: "Es nada lo que te asusta y te abate, no se turbe tu rostro y corazón; no temas esa enfermedad ni ninguna otra enfermedad o algo angustioso.. Porque él no ha de morir de lo que ahora tiene"(7).

En medio de la tormenta que azota implacable cuando estamos al final del segundo milenio, los indios, por la fe que profesamos y por la fuerza del espíritu que nos mueve, podemos caminar sin miedo sobre las aguas del neoliberalismo, tal como hizo el Señor Jesús sobre el mar embravecido de Genesaret, ante la mirada atónita de Pedro y sus compañeros(8). Y podemos también, en base a esa misma fe, invitar a l@s demás herman@s a transitar con nosotros sobre las olas tormentosas de los tiempos modernos. Porque podemos hacer que Cipactli o energía del caos originario, se transforme de nuevo en cerros sólidos y fuertes, en arroyos y lagunas fecundas, en trópico cálido y bello(9) .

 Ciertamente hay motivos para la desesperanza

La implantación actual del neoliberalismo en América latina y en el mundo ha hecho que la situación de los pueblos indios se haya agravado peligrosamente en los últimos años, pues "continúa siendo alarmante, no muchas veces mejor, y a veces aún peor.. (haciendo que) masas de población sean abandonadas en un innoble nivel de vida..."(10). Porque en el transcurso de los años, al ya secular abandono, marginación y explotación de los recursos y de los indios siguieron políticas indigenistas de integración forzada. Y ahora se imponen nuevos esquemas venidos del exterior que o excluyen de plano a nuestros pueblos de la vida nacional con planes prácticamente etnocidas y hasta genocidas, o los obligan a jugar papeles indignos cual si fueran parques jurásicos de un pasado remoto que sólo sirve para fines turísticos y de folclor(11).

La agresión directa y la masacre impune de comunidades indígenas a consecuencia de intereses macroeconómicos o simplemente por racismos inveterados, se han multiplicado en los últimos años. Los botones de muestra están en la Guatemala de los años 80s(12). y en Chiapas, México, de los 90s(13).

Precisamente para estos sectores de la población, el Papa Juan Pablo II pronunció en Chiapas en 1990 las siguientes palabras, que retoman el alarido de los pobres ante la infamia de la opresión e injusticia persistentes: "Ante tanta injusticia, ante tanto dolor, ante tantos problemas, un hombre puede llegar a sentirse olvidado de Dios. Vosotros mismos, hermanos míos, habréis podido experimentar tal vez parecidos sentimientos: la dureza de la vida, la escasez de medios, la falta de oportunidades para mejorar vuestra formación y la de vuestros hijos, el acoso continuo a vuestras culturas tradicionales y tantos otros motivos que podrían invitar al desaliento. Más aún podrían sentirse olvidados quienes han tenido que dejar sus casas, sus hogares, sus lugares de origen, en una afanosa búsqueda del mínimo imprescindible para seguir viviendo".

"Realmente, en algunas ocasiones, es tanta la injusticia, el dolor y el sufrimiento sobre la faz de la tierra, que se explica la tentación de repetir esas palabras de Isaías ('Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado'). Son como un lamento continuo que recorre la historia de cada hombre y de toda la humanidad"(14).

Los indios podemos además traer a la memoria muchos otros textos sagrados de nuestros pueblos que hablan de esa realidad angustiosa de los tiempos que terminan o se cierran sobre nosotros. Cuenta, por ejemplo, el libro sagrado de los Mayas, que: "Llegando a un cerro, ahí se juntaron todos los Quichés con los pueblos y ahí se juntaron a consejo todos... Ahí se juntaron a aguardar que amaneciese... Y por eso estaban con gran pena, y padecían gran dolor, porque no tenían comida ni sustento,... Eran ayunadores en la obscuridad y la noche y tenían gran tristeza cuando estaban sobre el monte... Y estaban en vela sin dormir y era grande su llanto porque amaneciese y aclarase... Y decían: ¡Ay de nosotros amargamente hemos venido! ¡Ay que habiendo venido a ver el amanecer, no amanece!... Hemos sido desamparados.."(15).

Esa misma sensación de angustia experimentada por nuestros abuelos en el pasado es la que sentimos ahora en este invierno de los tiempos modernos, cuando la vida de los pobres no sólo se seca porque no recibe lluvia ni rocío, sino que es directamente atacada y arrasada. La avanzada de la modernidad actual es mucho más grave y mortífera que las agresiones de épocas anteriores, porque ésta ataca directamente las fuentes de la vida de nuestros pueblos: que son la tierra, la comunidad, la cultura y la fe. Por eso a muchos hermanos se les ha caído el espíritu(16) y la esperanza. Al constatar que es muy grande la fuerza del monstruo que se impone, fácilmente llegan algunos a la conclusión de que ya no hay nada que hacer. Se acabaron las utopías. Es el fin de la historia, como dicen los más pesimistas(17).

 Pero somos pueblos de esperanza

Sin embargo los indios tenemos razones muy sólidas para seguir soñando. Quinientos años consecutivos de negación, de abandono, de explotación y ahora de exclusión, son muchos años de guerra y de resistencia, que, si bien han golpeado y abollado nuestra capacidad de lucha, no la han acabado del todo. En los pocos reductos de vida que nos quedan seguimos conservando la riqueza y la fuerza espiritual heredada de los antepasados.

Creemos firmemente que, si bien el Sol se ha ocultado y las sombras de la noche están imponiendo sus consecuencias desastrosas, un nuevo sol ha de nacer muy pronto para traernos la vida. Como nuestros antepasados, hoy lo esperamos activamente en vigilia, oración, ayuno y sacrificios. El lucero de la mañana es el precursor que lo anuncia. Nuestra esperanza no es de coyunturas; sino que tiene un horizonte infinito, que no se agota con coyunturas favorables o desfavorables. El texto sagrado maya, que hemos citado, dice que al final nuestras abuelas y abuelos recibieron lo que pacientemente esperaban: "Y fue el esclarecer y manifestarse el Sol, la luna y las estrellas... cuando se vio el lucero, que salió primero ante el Sol. Y entonces desataron los tres dones que habían pensado en su corazón.. Y de dulzura lloraban, y cuando bailaron quemaron su copal, el amado y precioso incienso...Y allí les amaneció a los pueblos... Y cuando salió el Sol se alegraron (también) todos los animales chicos y grandes...Y luego todos cantaron y gritaron... Y estaban de rodillas los Señores y sus vasallos, los de Tamub e Ilocab, con los de Rabinal y Cacchiqueles, los de Tziquinahá y Tuhalhá, Uchabahá, Quibahá, Ahbatená y los de Yaqui Tepeu y cuantos pueblos había y hay ahora que no son contables. Y juntamente a todos les amaneció"(18).

 Ahora hay nuevas condiciones para que la palabra india sea escuchada

Cuando en 1979 el Papa Juan Pablo II, de origen polaco, decidió contactar directamente a los indígenas comprobó el abandono y explotación impuesto a ellos por quienes detentan el poder económico y político, y se comprometió con ellos a ser vuestra voz, la voz de quien no puede hablar o de quien es silenciado, para ser conciencia de las conciencias, invitación a la acción, para recuperar el tiempo perdido, que es frecuentemente tiempo de sufrimiento prolongado y de esperanzas no satisfechas"(19). Este compromiso del Papa partía del hecho evidente de que no se percibía entonces la voz indígena como ahora, no porque los indios no habláramos, sino porque no había quien hiciera caso de nuestra voz. En la pastoral indigenista(20) de los años 70s se nos había catalogado como personas carentes de voz o sin desarrollo de nuestra capacidad de comunicación. Éramos los más pobres entre los pobres(21), es decir, los más carentes de los carentes; casi seres infrahumanos. Por eso lo que se buscaba era que gente no indígena nos protegiera, hablara por nosotros y actuara a favor nuestro: así brotaron las acciones indigenistas de corte asistencialista y paternalista de la Iglesia.

Pero en los años 80s. con el surgimiento del protagonismo indio en la promoción y evangelización, se fue configurando la Pastoral Indígena y la Iglesia se fue haciendo cada vez más capaz de oír y asumir la voz de los indígenas en cuanto que son pueblo y son Iglesia(22). Por esta vía se llegó a hacer realidad lo que expresa el dicho popular mexicano: Se nos apareció Juan Diego, es decir, se fue haciendo visible lo que había estado oculto.

Como Lázaro, después de cuatro días de muerto y enterrado, los pueblos indios de México y de todo el Continente hemos ido emergiendo recientemente de la tumba centenaria, con la lozanía y pujanza del Resucitado. Y esto ha conmocionado a la sociedad y a la misma Iglesia, porque muy pocos creían en serio que pudiera darse la resurrección del indio, como resultado del servicio de despertar a quien en verdad no estaba muerto sino dormido. Y es que muchos eran del mismo parecer que las hermanas de Lázaro, quienes ya estaban convencidas de que su hermano, por llevar mucho tiempo en la tumba, ya huele mal, y no tiene caso mover la piedra que lo mantiene enterrado(23).

Por su parte quienes llevaron a la tumba a los pueblos indios y hubieran querido mantenerlos para siempre en ese estado se han quedado estupefactos ante el hecho de que el indio se haya levantado de su tumba, y la reacción de ellos ahora es no sólo devolverlo a la tumba sino incluir también en ella a quienes osaron resucitarlo. Los modernos doctores de la Ley y los fariseos de siempre se rasgan hipócritamente las vestiduras ante lo que ellos consideran una blasfemia del pobre, que se ha puesto en pie, subvirtiendo el orden establecido por el sistema, y atreviéndose a levantar la voz para condenar a la sociedad injusta y exigir la construcción de un futuro digno para todos(24).

Para quienes contemplan la historia con ojos de fe, la resurrección india es prueba de que Dios está en la causa india. Fue la experiencia de Moisés en el desierto, cuando descubrió a Dios al contemplar la zarza ardiendo(25). La zarza es casi la única planta que puede vivir en el desierto. Por eso es el símbolo de los pueblos nómadas y pastoriles y, en ese sentido, de todos los pobres. Pero para los poderosos de la ciudad, la zarza no es más que basura que hay que llevar a la gehena, al fuego. Por lo tanto, que la zarza se queme no es fortuito sino decisión del sistema, que no quiere "basura" que le afee su imagen. En este contexto hablar de zarza ardiendo es indicar la situación límite a que se somete al pueblo(26).

Lo que a diario vemos en la realidad nos manifiesta esa situación de angustia a que los pueblos están sometidos no por accidente del destino sino por decisiones tomadas a ciencia y conciencia por quienes detentan el poder. El proyecto neoliberal que se implementa en México y en los demás países pobres contempla la inclusión en su seno a no más del 30% de la población (la más cualificada y productiva, según sus parámetros). El resto, que abarca indígenas, campesinos, negros y mestizos, es población sobrante. No interesa para los fines de la macroeconomía. En consecuencia se actúa frente a ella de la misma manera que se actúa frente a la basura, que hay que desechar, enterrar o quemar.

"Moisés vio que la zarza ardía, pero no se consumía. Moisés se dijo: 'voy a mirar más de cerca esta cosa asombrosa, para saber por qué la zarza no se consume"(27). He aquí el punto de partida de la experiencia teologal de Moisés. El no llega al conocimiento de Yahvé sólo por ver que la zarza arde (análisis estructural de la realidad). Porque eso es lo que el sistema quiere. Eso es fruto del pecado. El análisis estructural de la sociedad da por resultado la comprensión del sistema, pero no necesariamente del pueblo. El asombro de Moisés viene del hecho de que la zarza, a la que se ha puesto fuego intencionadamente, no se consume a pesar de la lumbre. Eso es lo que llama su atención y lo que él desea ver más de cerca. Y cuando descubre por qué es así, entonces se encuentra con Dios que es quien sostiene la vida del pobre haciendo añicos los planes de los poderosos.

Es lo que está sucediendo en los tiempos actuales: el sistema ha decretado la muerte de los pobres y ha encendido hogueras de intolerancia, xenofobia, racismo, ajuste estructural, globalización de la economía, privatización, corrupción, control natal y múltiples formas más, para ejecutar sus decisiones. Las hogueras están a toda su capacidad, pero la zarza no se consume. Es lo que la lógica humana no puede comprender. Los pobres tienen una resistencia que sólo es explicable porque Dios está en su lucha.

Por eso l@s teólog@s indi@s constatamos en nuestro tercer Encuentro Latinoamericano de Teología India realizado en Cochabamba en agosto de 1997(28) que la nueva presencia indígena en las sociedades y en las iglesias es como un oasis de fe y espiritualidad que puede dar humedad al mundo en la sequía estructural que prevalece. Los indígenas somos pueblos de esperanza. Esperanza que se ha ido agotando en el interior de las personas y de los sistemas de sociedad. De muchas maneras hemos mostrado al mundo que los indios no somos el problema, sino la base para solución de los problemas actuales. Nuestros pueblos hallan hoy, como siempre, en su experiencia histórica y espiritual, respuestas humanas que vale la pena cosechar y poner al alcance de otros pueblos.

Frente a aquellos que, por desconocimiento o por intereses personales o de grupo, sienten miedo, preocupación o reserva ante la Teología India, los participantes al encuentro mostramos, con la sencillez de quienes tienen el sabor de la experiencia, la solidez que conservan los procesos concretos de elaboración o reelaboración de la sabiduría religiosa de nuestros pueblos, y la capacidad espiritual que encierra esta sabiduría en orden a aportar elementos que ayuden a reconstruir nuestra identidad humana en vinculación estrecha con Quien es Padre y Madre de todos los pueblos. Nosotros pensamos que la experiencia integral indígena puede servir para afrontar los retos actuales y para construir el futuro con los demás hombres y mujeres de buena voluntad.

 En el Tepeyac cultivamos flores

En opinión de quienes proceden con actitudes racistas o viven a costa de los indios, nosotros los indios no tenemos nada que aportar al resto de la sociedad. En nuestros cerros, según ellos, sólo hay riscos, abrojos, espinas, nopales, mezquites (29), que no sirven para nada. Sin embargo, lo que ellos no saben es que, durante la noche y durante el invierno, que nos han impuesto, los indios cultivamos en nuestro Tepeyac diversas y variadas flores finas, fragantes, hermosas, perfumadas (30). Y que tenemos valores que dan sentido a nuestra existencia y a nuestra esperanza. En los cerros de nuestros pueblos encontramos al Dios de nuestros padres, a Aquel por Quien Vivimos, al Creador de Personas, al Dueño de lo que está Cerca y Junto, al Señor del Cielo y de la Tierra, en otras palabras, al Dios de la vida, que nunca nos ha abandonado. Aquel, cuya palabra es sumamente recreadora y ennoblecedora pues nos atrae y procura amor y nos considera embajadores dignos de su confianza (31). Y por todo lo que hemos visto y oído sabemos que ese Dios nuestro y Dios de nuestros padres es el mismo Dios cristiano. Por eso las estrategias de muerte contra nosotros no han tenido ni tendrán éxito. Es lo que expusimos en el encuentro de Cochabamba en 1997:

"...Delante del veneno del materialismo económico y tecnicista del modernismo que pretende destruir el jardín de flores, debemos reforzar la energía existencial de nuestras raíces y la fortaleza de nuestros tallos, con la autodeterminación y gestión de nuestros pueblos indígenas, con el reforzamiento de la organización, con la difusión de la sabiduría indígena, en la reconquista de los espacios perdidos en la sociedad, y con acciones eficaces que aseguren la participación decisiva de los pueblos indígenas en la realización y ejecución de leyes favorables a ellos mismos.

Queremos producir un cambio verdadero que construya una casa grande en donde vivamos todos los pueblos de la humanidad, de manera más digna más humana, más divina.

Reconocemos que el único dueño del jardín es DIOS. Nosotras y nosotros somos sus cuidadores. Con esta convicción, conscientes que hay otros pueblos diferentes a nosotros, queremos ofrecer, a América Latina, sin pretensiones y arrogancias, por medio del diálogo, la Cosecha abundante de las flores hermosas de la solidaridad, la libertad verdadera, el respeto mutuo, el respeto a la naturaleza y la fe en DIOS.

Deberemos, para lograr esta cosecha profundizar más y más en nuestras propias culturas, volver sin cesar a las fuentes de nuestra sabiduría y descubrir, en las vidas de nuestros pueblos, las manifestaciones de DIOS, Madre y Padre, revelado también en CRISTO JESÚS.

Finalmente, reafirmamos nuestra esperanza regada por la sangre de miles de indígenas mártires en que:

'Los árboles den fruto, los ríos no se sequen, reverdezcan los cerros.
Que en un nuevo amanecer, juntos todos los pueblos,
dancemos la danza de la vida en plenitud,
comamos y bebamos saboreando juntos lo que Dios,
Madre y Padre nos ofrece.
¡Jallalla, Jallalla!'"
(32) .

 Disfrutamos del aroma de nuestras flores celebrando fiestas

Aunque pareciera que existen señales de cansancio para producir y cargar las flores del pueblo, porque la situación de postración económica y de agresión de las comunidades indígenas hacen más pesado el mantenimiento de las tradiciones, sin embargo el reducto religioso de la resistencia india tiene una prioridad que no se puede postergar. Las fiestas son indispensables para la vida del pueblo. En ellas nos recreamos como gran familia que comparte la misma cultura, la misma fuerza espiritual y los mismos ideales trascendentes. En la convivencia que las fiestas propician transformamos los problemas y dolores cotidianos en risas, baile y comida, que nos animan a mantenernos en la esperanza de un mundo nuevo más acorde a lo que soñaron y dejaron dichos los abuelos, nuestros antepasados. En las fiestas indias, los cerros y la tierra erosionada donde solamente abundan piedras, abrojos, espinas, nopales y mezquites se convierten, con nuestro trabajo, en Xochitlalpan o jardín de toda clase de flores finas (33), donde hasta las piedras y los peñascos parecen de esmeraldas preciosas y la tierra relumbra como los resplandores del arco iris (34).

Los indios gozamos al producir en nuestros cerros las flores de nuestra cultura. Disfrutamos de su aroma cuando las llevamos en nuestro regazo en las tilmas o ayates de nuestro lenguaje. Nuestr@s sabi@s y nuestr@s ancian@s experimentan verdadero placer al trasmitirlas a las nuevas generaciones. Como Juan Diego, al llevar la señal de Tonantzin van contentos, con el corazón seguro, llevando con cuidado lo que va a salir bien.. cuidando mucho lo que llevan en el hueco de su manta, no sea que algo se les caiga. Van gozando con el perfume de las flores hermosas que llevan (35).

Pero lo que más gozo produce en nuestro pueblo es compartir de lo que tenemos incluso con gente extraña y lejana que llega a visitarnos. Desde muy antiguo la hospitalidad y el compartir indígenas no tienen fronteras. Toda persona que llega a visitarnos es siempre bienvenida, porque el forastero o el diferente es para nosotros teúl (36) o enviado de Dios, con quien hay que compartir en solidaridad, kórima (37) o guelaguetza (38). Por eso en el pasado los colonizadores se aprovecharon de nuestr@s abuel@s para despojarlos de sus bienes intercambiando espejitos por oro(39).

 Llevamos estas flores en ayates

La palabra india últimamente se ha vuelto referencia casi obligada para quienes desean un mundo más digno y más justo para el futuro. Pero a la mayoría de la gente le resulta incomprensible la voz de los indios. Pues, aunque viven junto a nosotros, no nos conocen ni nos entienden, porque no se han interesado por nuestra vida. Por eso les podemos reprochar lo mismo que Jesús a sus discípulos: Tanto tiempo he estado con ustedes y ¿no me conocen? (40).

Las flores que cortamos en nuestro Tepeyac las llevamos, como Juan Diego, en ayates o tilmas de fibras de maguey. Nuestro lenguaje es mítico-simbólico y sólo lo entiende quien ha bebido con nosotros el agua de las fuentes de nuestras culturas milenarias, que a los leídos y escribidos les parecen silvestres o primitivas.

Este modo de comunicación, aunque parece rudimentario, tiene de hecho mayor potencialidad expresiva, porque es el lenguaje de las realidades profundas y trascendentes del amor, de la esperanza, de la religión. Los mitos y ritos indígenas, en su simplicidad, tienen una carga de contenidos humanos, que difícilmente podrían expresarse en lenguaje discursivo o científico, sin perder su fuerza y su viveza.

Es necesario rescatar hoy, también para los modernos, esa simplicidad y profundidad del lenguaje mítico-simbólico. Porque es el modo más apropiado para expresar el misterio de nuestro ser humano y de las realidades divinas.

 Compartimos nuestras flores con quien está dispuesto a recibirlas

Sólo es comprensible el lenguaje indígena para quienes, en actitud de respeto y en sintonía de espíritu, se acercan y participan en la vida del pueblo. Quienes a la fuerza quieren arrebatar estas flores, por verlas tan abiertas, tan frescas, tan fragantes, tan preciosas, por más que lo intentan una y hasta tres veces, se encuentran con que ya no son flores verdaderas, sino sólo pintadas, bordadas o cosidas en la manta (41).

Para entrar a la intimidad de un pueblo hay que descalzarse de toda actitud de arrogancia colonialista. Como lo hizo Moisés a la entrada del Horeb, o santuario del pueblo, cuando el Señor le dijo: No te acerques más. Sácate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada (42).

El intercambio de dones que supone la inculturación misionera y del evangelio, sólo se puede dar si el acercamiento se hace de rodillas, es decir, en diálogo humilde y respetuoso, para dar y recibir sin imponer nada. El obispo Juan de Zumárraga pudo recibir la señal del cielo que le llevaba Juan Diego y descubrió en ella a la Madre de Dios, cuando él se arrodilló para aceptar las flores del indio y suplicó con lágrimas y tristeza que lo perdonara por no haber creído a su voluntad, a su corazón y a su palabra (43). Esta humildad y respecto todavía no es actitud ordinaria en los miembros de la Iglesia.

 Compartir para construir entre todos la casa grande de la vida

El sentido y la razón de ser de la palabra y de la propuesta indígena de nuestros días no tiene que ver, como nos acusan algunos, con retornos románticos al pasado ni con restauraciones de mitos geniales. Sí tiene que ver con el deseo de contribuir para que todos los seres humanos volvamos a ser nosotros mismos rescatando nuestra identidad humana fundamental de hermanos entre nosotros, de hijos de la Madre Tierra, de macehualzintlis (44), es decir, dignos merecedores de la penitencia de Dios. Nuestra vocación sublime es transformar con Dios el caos que producen los intereses deshumanizadores impuestos al mundo, y poner armonía y equilibrio entre realidades contrapuestas, conjugando en cruz el camino de los hombres y de las mujeres con el camino de Dios(45).

L@s indi@s, al actuar, no estamos pensando sólo en nosotros. Por eso nuestros planteamientos no son puramente étnicos, sino universales, es decir, para todos los hombres y todas las mujeres. Queremos un mundo donde quepamos todos en dignidad y justicia(46). La Oikoumene india es la Casa Grande (47) que albergará a todos. Es Chicomostoc (48) o lugar de las Siete Cuevas, donde toda la diversidad (siete cuevas) no divide ni enfrenta, sino que une y hermana a los que son de maíz amarillo, de maíz blanco, de maíz rojo y de maíz negro. Los cuatros rincones del universo se amarran uno al otro en la cruz universal cuyo centro o ombligo es la síntesis de todo lo humano, lo divino y lo cósmico.

En la medida que los demás van entendiendo, en su raíz, este planteamiento indio, descubren que no es opuesto o contrario al planteamiento de otros grupos humanos o pueblos de la tierra. Tampoco la propuesta cristiana es contradictoria a la propuesta india: todo lo contrario ambas son compatibles y complementarias. Por eso el diálogo que la Iglesia propone con la inculturación (49) será para mutuo enriquecimiento, y los pueblos indios, por la evangelización inculturada, se encontrarán consigo mismos(50) y con el futuro que Dios ha sembrado en sus culturas desde antiguo(51), al mismo tiempo, al sentarse en la mesa común de la vida, ellos abrirán confiadamente sus manos para recibir y dar los dones con los que Dios ha bendecido a todas las naciones.

Por eso no es de extrañarse el optimismo con que termina el documento del Departamento de Misiones del CELAM en 1985:

Finalmente profesamos nuestra fe en el futuro de los pueblos indígenas como pueblos diferenciados de las sociedades nacionales. Nos comprometemos en el Señor, a trabajar con amor que va hasta los confines terrenales y hasta las últimas consecuencias.

Estamos convencidos que los pueblos indígenas de América representan una esperanza para toda la Iglesia y para el futuro de la humanidad (52).

Por eso aunque la hora actual es desafiante y riesgosa en extremo pues tenemos la presión externa de macroesquemas globalizadores, también es una magnífica oportunidad para soñar y construir, desde lo micro y lo cotidiano, nuevos esquemas de sociedades y de iglesias que sean efectivamente pluriétnicas y pluriculturales, donde vivamos en armonía y en paz verdadera, aceptando y valorando nuestras legítimas diferencias.

El futuro que los pueblos indios anhelamos se sintetiza en la frase con que termina el mensaje del Encuentro de Teología India en Cochabamba 97:

Finalmente, reafirmamos nuestra esperanza regada por la sangre de miles de indígenas mártires en que:

'Los árboles den fruto, los ríos no se sequen, reverdezcan los cerros.
Que en un nuevo amanecer, juntos todos los pueblos,
dancemos la danza de la vida en plenitud,
comamos y bebamos saboreando juntos lo que Dios,
Madre y Padre nos ofrece.
¡Jallalla, Jallalla!'"(53).

 Tepeyac, México, D.F.
Agosto de 1998


NOTAS

1. El autor es sacerdote de la Iglesia Católica, perteneciente al pueblo zapoteca del Istmo de Tehuantepec, México. Desde 1970 está involucrado en la Pastoral Indígena Nacional y, a partir de 1976, es miembro del Equipo Coordinador del Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas, CENAMI. El encabezó el movimiento de Sacerdotes Indígenas de México, en sus inicios, y es actualmente uno de los principales impulsores de la Teología India a nivel latinoamericano.

2. Cf. Jn 5, 2ss.

3. Pensamientos de Mons. Proaño compilados por Mons. Agustín Bravo, Ecuador, 1989.

4. Carta pastoral de Mons. Samuel Ruiz García entregada al Papa Juan Pablo II en su tercera visita a México en 1993.

5. Cf. Ge 1,1

6. Jn 11,4.

7. Cfr. Nican Mopohua 75.77.

8. Cf. Mt 14,22 ss.

9. Es el sentido que resulta del nombre de Tehuantepec o Guizii en zapoteco que originalmente era lugar del calor (guí) y de la sal o de la calamidad (zidi) para luego convertirse en Cerro del Tigre (tehuan=tigre, tepetl=cerro) o pueblo de Zipactli (Guidxi Zipactli), es decir, de la energía de vida de donde todo procede.

10. Cf. Juan Pablo II, Cuilapan, 1979.

11. Mons. Miguel Angel Alba, obispo auxiliar de Oaxaca, en el V Encuentro de formación permanente para sacerdotes indígenas y agentes de pastoral indígena, celebrado en Villahermosa, Tab., en junio de 1998, desenmascaró con estas palabras la percepción que la gente de poder tiene respecto de los pueblos indios.

12. Los resultados del Proyecto Recuperación de la Memoria Histórica, que la Conferencia Episcopal Guatemalteca realizó recientemente, muestra los pormenores de los crímenes cometidos en esos años. Crímenes de los que no se ha hecho justicia, y que, al recopilarlos, son ahora motivo de nuevos crímenes. Mons. Juan Gerardi Conedera, presidente del Proyecto REHMI, fue convertido en otro profeta de la causa india de Guatemala y del mundo, al ser asesinado 48 horas después de haber presentado oficialmente los resultados de ese proyecto.

13 El levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, integrado mayoritariamente por indígenas, es producto de los agravios incontables acumulados en siglos de pillaje y humillación de las comunidades indígenas, por parte de políticos, terratenientes y comerciantes abusivos. La masacre de 45 víctimas indefensas en Acteal, Chiapas, en diciembre 97 es la expresión más bárbara de esta violencia contra los indios.

14. Juan Pablo II, Alocución a los indígenas en Tuxtla Gutiérrez, Chis., 11 de mayo de 1990.

15. Pop Wuh 642-671

16. Dicho popular mexicano que hace alusión a la enfermedad moral que sobreviene a la persona por causa de situaciones particularmente angustiosas: espanto, tristeza, nostalgia, desengaño.

17. Este esquema de análisis fue forjado por analistas pragmáticos de la modernidad neoliberal y ha tenido eco en muchos sectores de la intelectualidad mundial.

18. Pop Wuh 642-671

19. Cf. Juan Pablo II, Cuilápan, 1979.

20. La expresión Pastoral Indigenista está marcada por la mentalidad de la época, en que los estados se empezaron a preocupar por integrar a cualquier costo a los pueblos indios al conjunto de la nación. Quería expresar, al principio, las acciones de buena voluntad que miembros no indígenas de las iglesias deseaban poner en marcha para ayudar a la población indígena, y posteriormente el carácter específico de dichas acciones que empezaban a tomar en serio las culturas indígenas.

21. Esta expresión se acuñó en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano realizada en Puebla en 1979, para referirse a los indígenas, a los afroamericanos y a las mujeres de estos sectores, doble o triplemente marginados.

22. Cf. Planes de la Comisión Episcopal para Indígenas y de CENAMI, en México, de fines de los años 70s y principios de los 80s.

23. Cf. Jn. 11

24. Una de las razones de fondo que impiden hasta el momento la vía del diálogo es que existen en el gobierno mexicano y en la sociedad dominante un racismo inveterado que les hace pensar que no es cierto que los indios estén actuando por sí mismos en el resurgimiento actual. Detrás de ellos, dicen los racistas, debe haber gente no indígena (antropólogos, misioneros, políticos de oposición o de izquierda) que los están manipulando.

25. Cf. Ex 3,1ss.

26. Ver un comentario más amplio del texto bíblico en un artículo del mismo autor intitulado: Pueblos Indios y pueblos de la Biblia, difundido en 1996.

27. Ex 3,2b.3.

28. Leer la carta convocatoria del Encuentro de Cochamba, donde están expresadas estas ideas.

29. Cf. Nican Mopohua 84.

30. Ibid. 80-82.

31. Ibid. 19.22.87.

32. Mensaje final de Tercer Encuentro Ecuménico Latinoamericano de Teología India, Cochabamba, Bolivia, 1997

33. Cf. Nican Mopohua 104-105.

34. Ibid, 18.

35. Cf. Ibid, 89

36. Teúl en Nahuatl, Dzul en Maya y Dxú' en Zapoteco, son palabras que se siguen usando para designar a quien es extraño o diferente a la comunidad indígena. Tienen en su raíz la palabra Téotl o Dios. Esto quiere decir que se refieren a los extranjeros como seres que vienen de Dios y ante los cuales hay que tener actitud de respeto y cariño. Sólo la conducta ofensiva del extraño hace que nuestro pueblo ya no se confíe demasiado de su procedencia divina. Y entonces la palabra teúl se carga de un desprecio resultado de la ruptura de la hospitalidad por parte del extranjero.

37. Es la palabra con la que los Tarahumaras no sólo piden, sino hasta exigen, la solidaridad de parte de quien ellos consideran que está en mejor condición económica; y con el que ellos adquieren el compromiso de que, cuando las suerte les sonría, devolverán la solidaridad recibida.

38. La guelaguetza tiene actualmente dos significados en la cultura zapoteca: por un lado es la fiesta anual donde los pueblos indígenas de todas las regiones de Oaxaca se reúnen para compartir sus danzas, sus productos y su música. Pero es también el modo ordinario de darse la mano las familias para sembrar, cosechar o construir sus casas con faenas de colaboradores gratuitos, que acuden a la convocación de alguien necesitado de solidaridad; el cual adquiere el compromiso de hacer cuando se de la ocasión lo mismo por quienes le ayudaron.

39. Dado que en nuestros antepasados no existía propiamente el comercio, (que supone que cada mercancía tiene un precio determinado, por el que se paga con un circulante u otro bien del mismo precio), sino que el tianguis o intercambio de bienes era la manifestación de la amistad existente entre personas que se intercambian dones sin reparar en el valor comercial de estos bienes, los españoles creyeron que los nuestros eran tontos al aceptar baratijas a cambio de oro. Cuando en realidad lo que nuestra gente pretendía era obtener la amistad de los advenedizos sin importarle el costo en bienes.

40. Jn 14,9

41. Cf. Nican Mopohua 94-96.

42. Ex 3,5.

43. Cf. Nican Mopohua 108-109.

44. La palabra nahuatl macehual significa actualmente gente común o pobre. Pero en los mitos originarios macehualtzintli hace alusión al origen divino del ser humano; porque Dios Quetzalcóatl, antes de formar al ser humano hizo penitencia y sufrió. De modo que macehualtzintli significa el que fue digno de merecer la penitencia de Dios.

45. La cruz existe en los pueblos mesoamericanos mucho antes que llegara el cristianismo. Y resulta del cruce de las dos líneas fundamentales de la vida: oriente-poniente, camino del Sol o de Dios, y norte-sur, camino humano. El caos viene cuando una línea aplasta a la otra o cuando se hallan enredadas entre sí, sin orden ni concierto. Enlazar las dos líneas, como dos brazos entrecruzados o en forma de equis o ponerlas en la clásica modalidad conocida de la cruz cristiana es equilibrar el universo.

46. Este es un slogan muy usado últimamente para las convocatorias de los zapatistas. Pero constituye un anhelo muy antiguo de los pueblos indígenas, porque se refiere a la fraternidad universal planteada en los mitos originales. Nosotros no procedemos en nuestro caminar con el método de la eliminación del contrario, sino por consenso y acuerdo de posiciones diferentes.

47. Al pensar y buscar la solución de los problemas, nuestros pueblos no se imaginan respuestas puramente individuales o sólo para una parte del pueblo. Inmediatamente ponen la atención en soluciones de conjunto. La Casa Grande es la casa comunitaria, la casa de todos. Sólo existimos como pueblo si somos capaces de darnos espacios donde podemos sentirnos una familia unida.

48. Es uno de los mitos fundantes de la macro cultura mesoamericana. La gran diversidad de pueblos que habitan desde el sur de lo que ahora es Estados Unidos hasta el norte de Panamá, en la raíz se sienten profundamente hermanos, aunque ahora estén separados por fronteras o nacionalismos excluyentes. Pero llegará el día en que puedan vivir plenamente esta fraternidad sin divisiones de ninguna especie, tal como está expresado en el mito de las siete cuevas o Chicomostoc.

49. Ver la encíclica papal Redemptoris Missio 52-57

50. Ver Redemptor Hominis de Juan Pablo II num. 12

51. Es la idea que anima muchas de las afirmaciones del Santo Padre a los indígenas desde 1979, y de la IV CELAM en Santo Domingo cuando habla de la relación que la Iglesia ha de establecer con los pueblos originarios del continente (SD 13,36,230,243).

52. DEMIS-CELAM, Bogotá, 1985.

53. Mensaje final de Tercer Encuentro Ecuménico Latinoamericano de Teología India, Cochabamba, Bolivia, 1997.

(Fuente: ReLat - www.uca.edu.ni/koinonia/relat/)

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