America, Argentina
Categoría padre: ROOT Categoría: Cartas y Firmas

El presente texto, originalmente

enviado a la Conferencia Episcopal Argentina,

fue enviado con pequeños añadidos a la

V reunión del CELAM.

El texto es el siguiente:

 

  1. Como presbíteros, y ante el próximo tratamiento del tema la vida de los Presbíteros en la próxima asamblea de la Conferencia Episcopal Argentina (noviembre 2001) como grupo presbiteral con más de 15 años de peregrinación y reflexión quisiéramos hacerles llegar nuestra opinión.

 

  1. Pensamos importante empezar por un diagnóstico de nuestra realidad, mirando el ejercicio de nuestro ministerio ad intra y ad extra de la “institución” eclesial; queremos contarles cómo vivimos y cómo intentamos servir ministerialmente al Pueblo de Dios. También nos parece importante mirar la realidad de aquellas y aquellos a quienes nos toca servir como pastores, lo que supone Bde nuestra parte- un profundo conocimiento de “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, (puesto que) son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1). También nos parece importante hacer memoria, porque una comunidad que celebra diariamente “el memorial” de la “acción de gracias” difícilmente puede mostrarse como comunidad creíble a la gente de su tiempo sin escuchar a su vez la catequesis que Dios, Señor de la historia, nos da en la vida cotidiana, en los signos de los tiempos, en las semina Verbi y sus huellas a nuestro paso.

 

  1. Somos conscientes que la durísima realidad que viven nuestros hermanos y hermanas, no es un mero “marco” de nuestro ministerio, no es una “circunstancia”, sino el desafío más grave de encontrar espacio para anunciar una “buena noticia” a un pueblo sobrecargado de “malas noticias”. Si para comprender lo que Dios quiere decirnos en su palabra bíblica necesitamos conocer bien el “Sitz im Leben[1], no es menos cierto que debemos descubrirlo también en el otro libro que Dios escribió (San Agustín), que es la historia[2], donde también debemos mirar y “leer” el Sitz im Leben, y -particularmente en nuestro caso- el Sitz im Tode[3]. La realidad en la que viven (y mueren! nuestros hermanos no puede ser ajena a la de sus pastores sin que corramos el riesgo de asemejarnos a los mercenarios del texto bíblico (Jn 10,12). Pensar el ministerio pastoral sin mirar la realidad del “rebaño” es un verdadero sin sentido. Y -asimismo- pensar un ministerio donde los pastores no corran o no estén dispuestos a correr la misma suerte del “rebaño”  también lo es (Juan Pablo II en la Argentina, Discurso a los Obispos, abril 1987).

 

 4.  Nos parece importante puntualizar que la opción preferencial por los pobres es el "lugar" de la misión de los ministros ordenados y del compromiso con el Reino. Queremos de corazón ser hermanos y compañeros de camino de los que sufren; creemos que debemos estar cerca de las víctimas de la injusticia estructural: los pobres, desocupados, excluidos; las víctimas de la impunidad, la violencia policial y el terrorismo de estado; los familiares de desaparecidos, los chicos de la calle, las víctimas de la tortura y el abuso de autoridad, las víctimas de la discriminación y la segregación social, los enfermos "fabricados" por las condiciones inhumanas de vida, la falta de controles sanitarios, la precariedad injusta de los sistemas de salud y el vaciamiento de las obras sociales, los ancianos despreciados, estafados y robados por el mismo Estado, las víctimas del Estado que muda de piel según le convenga a los intereses de los verdaderos dueños del poder Bese que aparece con autoridad para imponer ajustes, limitaciones a la libertad y repeler las opiniones o críticas de la población y desaparece a la hora de velar por la vida y la dignidad de los ciudadanos-; los aborígenes despojados de sus tierras y derechos; las víctimas de la depredación ambiental. En los márgenes de Palestina hemos de estar como Jesús en la Galilea de las víctimas de la injusticia, no sólo como red de contención y acompañamiento sino también como profetas del Reino. No podemos olvidar que en el test del juicio final, Dios pondrá a su derecha a quienes en el transcurso de la vida temporal se hayan puesto del lado de las víctimas del hambre, la enfermedad, la falta de abrigo, la cárcel, la discriminación por ser extranjero, la soledad (Mt 25,31-46).

 

5.   No nos parece ajeno a esto que muchos presbíteros deben dedicar la mayor parte de sus esfuerzos y tiempos a solucionar los problemas más acuciantes de sus hermanos: alimento, salud, vivienda, trabajo. Y, ciertamente, no creemos que esto sea “desviarnos” de nuestro ministerio o desatender tareas fundamentales. El Jesús con entrañas de misericordia, preocupado por las “ovejas sin pastor” es testimonio latente de la Iglesia samaritana que nuestro tiempo nos desafía a ser.

 

6.  Sin embargo, somos conscientes que este servicio choca con concepciones “eclesiológicas” que entienden que esto no es tarea del presbítero, o que es -al menos- un mal necesario que sería de desear no tener que desempeñar. Muchos parecen reducir la tarea del presbítero a lo meramente “sacramental”, o cultual y consideran el compromiso con la realidad que padecemos como mero “horizontalismo”, o “secularismo”. Por nuestra parte no creemos que alimentar hambrientos, prestar atención a enfermos o dedicar un compromiso ciertamente preferencial por los pobres sea algo que nos separa de lo que el mismo Jesús de Nazaret realizó.

No creemos posible pensar la especificidad del ministerio ordenado de los Presbíteros prescindiendo de una Eclesiología que lo soporte. En este sentido, pensar sobre el ministerio presbiteral, debería llevar a una búsqueda de identidad eclesial en Argentina para estos tiempos que corren y teniendo en cuenta también el rumbo que lleva el mundo actual[4].

 

7.   Estas diferentes eclesiologías llevan con mucha frecuencia a que el ejercicio de nuestro ministerio, cuando quiere mirar atentamente la situación de los pobres, pensándonos como “Iglesia de los pobres” (Juan XXIII, Convocatoria al Concilio Vaticano II; Juan Pablo II, LE 8; RM 60) sea incomprendida por algunos miembros de la jerarquía. La acusación que se hace, con alguna frecuencia, es de ideologización del Evangelio, pero no queda claro en qué medida tal crítica no nace de otra ideología, más que de las honduras del mismo Evangelio. Cuando no se ve nítida, trasparente y gratuitamente el compromiso con los pobres de algunos miembros de la Iglesia, y además se cuestiona a quienes sí lo tienen, parece reflejarse muchas veces un triste testimonio de “funcionarios” que han encontrado una “ideología sacra” que les permite mantener el “statu quo” y no enfrentarlo indiscutiblemente. Esto es más grave todavía, cuando es frecuente ver a algunos miembros de la jerarquía cercanos al poder político o económico, y no cercanos a los pobres, a las víctimas del modelo que esos mismos poderosos provocan.

 

8.  El ministerio presbiteral, a lo largo de los 2.000 años de historia se ha ido “cargando” de nuevos “contenidos”. Algunos de ellos son propios de un inmenso amor pastoral a un pueblo y un tiempo determinado, otros propios de la necesaria “inculturación”, otros recibidos por tradiciones o costumbres. Nos parece necesario, en este caso, hacer las pertinentes “distinciones” para poder pensar el ministerio tal como lo quiere el Señor para nuestro tiempo y en nuestro país. Una cosa es el ministerio que podemos descubrir en el Nuevo Testamento, otro el que la Tradición de la Iglesia ha ido modelando, otro muy distinto el que es propio de diferentes “tradiciones”, y otro el que es fruto de inculturaciones que no responden hoy a nuestra cultura o nuestro tiempo[5].

 

9. En su tarea pastoral, Jesús vino “a las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (Mt 15,24) y en esa misma “dirección” envía a los suyos (Mt 10,6), preocupado porque son “ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36; Mc 6,34). La imagen es particularmente importante a partir de lo señalado por Jer 23 y Ez 34 donde queda patente la diferencia entre buenos y malos pastores que, asimismo, iluminarán el texto de Juan 10, el pastor que “arriesga la vida por sus ovejas”. En este aspecto es interesante el aporte de Juan Pablo II devolviendo a la Iglesia el título “pastor” que estaba en el olvido (“Pastores dabo vobis”).

 

Como pastor, Jesús se caracteriza por sus “entrañas de misericordia”, su “compasión”. En realidad ser “compasivo” es propio de Dios en el AT, particularmente en los Salmos (86,15; 103,8; 111,4; 116,5; 145,8) y el discípulo de Isaías (54,7.10; 55,7; 60,10; 63,9), lo cual también destaca Jesús en Lc 6,36 invitando a sus seguidores también a serlo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”. Es precisamente esta compasión la que mueve a Jesús hacia el dolor de los otros (Mt 9,36; 14,14; 15,32; 20,30.31.34; Mc 8,2; Lc 7,13): “Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34). Jesús, como es propio de la misericordia, se aproxima al caído e invita a obrar como él (Lc 10,37). Esta actitud es el “corazón” del ser pastoral de Jesús que Juan expresa como lavar los pies: “si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes”. (Jn 13,14-15). La compasión frente al dolor es el punto de partida de la actitud pastoral de Jesús...

 

10.       Es sabido By la Conferencia Episcopal Argentina ha tenido la oportunidad de escucharlo[6]- que los trabajos de A. Vanhoye han marcado un punto de inflexión decisivo en los estudios sobre el sacerdocio en el Nuevo Testamento. Difícilmente se pueda pensar hoy el ministerio sin tener esto en cuenta, puesto que el “Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer” (DV 10). En el Nuevo Testamento notamos que hay una serie de elementos que son fundamentales que surgen del único sacerdocio, el de Cristo, que declara abolido todo sacerdocio antiguo:

 

  1. Su cercanía a la humanidad. Mientras la característica del sacerdocio del A.T. era la “separación” (santidad), la característica del sacerdocio único es la cercanía “en todo, menos el pecado” (Heb 2,17; 4,15).

 

  1. La doble característica fundamental de este sacerdocio único es la “misericordia[7] y la credibilidad[8] (Heb 2,17). La primera no era, sin duda alguna, característica del antiguo sacerdocio, sino más bien lo contrario. La segunda era particularmente algo inesperado en el sacerdocio de Israel, particularmente in-creíble en su tiempo por su ambición de poder, económica y su manifiesta infidelidad al proyecto de Dios manifestado como “derecho y justicia” (mispat wesedaqah, cf. Gn 18,19; 2 Sam 8,15; 1 Re 10,9; 1 Cr 18,14; 2 Cr 9,8; Jb 37,23; Sal 33,5; 72,1; 99,4; 106,3; Pr 21,3; Is 1,27; 5,7.16; 9,6; 28,17; 32,16; 33,5; 54,17; 56,1; 59,9.14; Jer 4,2; 9,23; 22,3.15; 23,5; 33,15; Ez 18,5.19.21.27; 33,14.16.19; 45,9; Am 5,7.24; 6,12; Mi 7,9).

 

  1. Esto tenía manifestaciones concretas: el sacerdocio antiguo tenía una separación manifiesta con el pueblo: debía vivir diferente, vestirse diferentemente, tenía costumbres matrimoniales y hasta funerarias diferentes (Ex 28-29; Lev 21,10-15; Sir 45,6-13; 50,5.11), porque era considerado “superior a sus hermanos” (Lv 21,10; comparar con Fil 2,3).

 

  1. La característica del nuevo sacerdocio es la solidaridad, por eso participa de la prueba y el sufrimiento, como “nosotros” (Heb 2,9.10.18; 4,15). Es esto lo que le da una extrema capacidad de “compadecerse”.

 

  1. Partiendo de esto, creemos que ningún ministerio “mediador de la alianza nueva”, “para bien de los hombres” (Heb 8,6; 9,15; 12,24) puede dejar de estar marcado por estas características. Sin embargo, nos parece ver que muchas veces se pretende que el ministerio -frecuentemente llamada sacerdocio- se asemeja más al sacerdocio del Antiguo Testamento que al único sacerdocio de Cristo.

 

 

  1. El origen del ministerio es la misión y no el culto. Es sabido que el NT evitó el término sacerdote. Lo primero no es el culto, sino el Evangelio del Reino y la fidelidad a Jesús de Nazaret. Entendiendo la misión no sólo como ministerio de la palabra sino también como presencia y camino en medio del Pueblo y los que sufren[9]. Así lo afirmaba el teólogo alemán J. Ratzinger: “Lo sorprendente y destacado de este texto es el hecho de que no concibe el ministerio del sacerdote primariamente a partir del sacrificio, sino a partir de la reunión del Pueblo de Dios,que se realiza en primer lugar por el servicio de la Palabra: >El Pueblo de Dios se congrega primariamente por la Palabra del Dios vivo... Los presbíteros... tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de Dios (P.O. 4) (...)

La palabra de la predicación por su misma esencia se orienta, pues, hacia la liturgia, la liturgia cósmica, en la cual toda la humanidad, convertida en Cuerpo de Cristo, se ha hecho hostia, gesto de la glorificación de Dios y por lo tanto reino de Dios, en el que el mundo llega a su perfección. Esta liturgia cósmica no es liturgia en sentido impropio y alegórico, sino que sólo a partir de ella y en su realidad de meta final de toda la evangelización, se llega a comprender la liturgia de este tiempo terrenal (...)

Ante todo se revela así la esencia de la vocación sacerdotal y de su espiritualidad:; el sacerdocio no debe ser concebido a partir de una liturgia ritualizada, sino a partir del servicio de la evangelización y de la congregación del pueblo de Dios. La esencia del sacerdocio es, pues, misional’ (entendida esta palabra en su sentido más amplio y no sólo con referencia a la misión de los paganos)[10]

 

13.       También quisiéramos señalar que el Nuevo Testamento, en su riqueza, muestra una variada gama de eclesiologías[11]. Los diferentes autores, tiempos y destinatarios han llevado a que así sea. El gran escriturista de los Estados Unidos, R. E. Brown s.s. manifestó esto con su conocida profundidad y seriedad[12]. La Iglesia Católica Romana ha mirado Bafirma- con más atención la eclesiología de las cartas pastorales, o la de Mateo, y no tanto la paulina o joánica, pero -concluye- “si las iglesias aceptan el canon de la Biblia, no pueden utilizar sus preferencias para silenciar ninguna voz bíblica (...). Entiendo que en un cristianismo dividido, en lugar de leer la Biblia para asegurar que estamos en el camino correcto, haríamos mejor en leerla para descubrir aquello que no estamos escuchando (...). Entonces la Biblia estaría haciendo para nosotros lo que Jesús hizo en su tiempo, es decir, convencer a quienes tienen orejas para oír que no todo está bien, pues Dios les está pidiendo más que lo que ellos piensan. Esta puede ser la metanoia que puede preparar la Iglesia para el reino” (p. 150).

Nos parece que las diferentes eclesiologías, a las que aludimos en el comienzo, nos invitan a reflexionar y descubrir cuál o cuáles son las que dan una mejor respuesta a los desafíos de nuestro tiempo, y nuestro pueblo.

 

 

14.       Precisamente, la Iglesia, fue acompañando los tiempos y lugares adaptando el modo de ejercer el ministerio presbiteral y el modelo eclesiológico a cada circunstancia. No es el mismo modelo el de Ignacio de Antioquía o la Traditio Apostolica al de Tertuliano o Firmiliano de Capadocia, por poner un ejemplo. No deja de ser interesante, en este sentido, que Hipólito señala, ante la abundancia de “confesoras” y “confesores” que a estos “no se le han de imponer las manos para el diaconado, ni para el presbiterado, pues por su martirio ya poseen el honor del presbiterado” (T.A. 9). También es interesante escuchar a Origenes: “todos aquellos que han recibido la unción han devenido sacerdotes...; si amo a mis hermanos hasta dar la vida por ellos, si lucho por la verdad hasta la muerte... si el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, he ofrecido un sacrificio y devenido sacerdote de mi existencia”[13].

 

15.       Fue tardío, asimismo, que la presidencia de la comunidad coincidiera con la presidencia de la eucaristía. Es sabido que no hay -en el NT- referencias a mujeres presidiendo eucaristías, pero sí que además de evangelizadoras, diaconisas y apóstoles, hay mujeres que presiden comunidades, como es el caso de Prisca, mujer de Aquila (Rom 16,3; 1 Cor 16,19)[14].

 

16.       Podríamos, también, preguntarnos por los principales desafíos de la Iglesia de nuestro tiempo[15]. Planteando la Iglesia en un constante comienzo, F. J. Cwiekowski presenta como principales los siguientes: Desarrollo en la Iglesia, Unidad y Diversidad en la Iglesia, Cristianismo en el mundo greco-romano, las Iglesias locales, Ministerios en la Iglesia, Rol y Ministerio de las mujeres, judaísmo y cristianismo[16]. Creemos, sin embargo, que hay una serie de elementos que constituyen también, desafíos de la Iglesia en Argentina en nuestro tiempo:

 

 

  1. Una Iglesia que "despegada" de todo poder contribuiría a quitar la confusión al pueblo de Dios y robustecería la credibilidad;
  2. una Iglesia cercana a los pobres (que sea verdaderamente “Iglesia de los pobres”, y no “Iglesia = clase media, LPNE 32);
  3. despojar a la predicación del Evangelio del ropaje “europeo” (greco-latino)[17];
  4. fomentar creativamente una verdadera inculturación del Evangelio y sus manifestaciones[18]

 

  1. Recién después de reflexionar los desafíos actuales de la Iglesia, nos parece posible reflexionar en los desafíos del ministerio presbiteral. La relación presbíteros-Pueblo de Dios, como la relación “pastor”-”rebaño” es indisoluble, como lo señala claramente el Concilio (LG 18), precisamente por ser “ministerio”.

 

En primer lugar se ha de ver el contexto global: el servicio al que la Iglesia está llamada. A ella en su conjunto y a todos sus miembros se les ha encargado proclamar la palabra de Dios (martyria = testimonio), vivir en comunión práctica el mensaje proclamado (diakonia = servicio) y celebrar ambas cosas de una manera simbólica (leitourgia = culto religioso). Los ministros encargados sirven a la realización de esos cometidos básicos de la Iglesia...[19]

 

 

  1. Si tenemos en cuenta los enormes desafíos de nuestro presente (VER) y el ejercicio del ministerio ordenado al servicio del Pueblo de Dios como Dios lo quiere (JUZGAR), nos parece que hay una serie de desafíos actuales que deben ser tenidos en cuenta a fin de que el ministerio de los presbíteros pueda dar respuesta (ACTUAR) a nuestro tiempo y presentar una predicación creíble del Evangelio de Jesús.

 

  1. Nos parece que la llamada “opción preferencial por los pobres” debe manifestarse claramente en los destinos y el número de presbíteros en comunidades y parroquias. Si son muy pocos los presbíteros en zonas marginales, si se presenta como una “promoción” el “ascenso” a parroquias centrales, en ese caso la opción no pasa de una proclamación hueca y vacía.
  2. Nos parece que dicha “opción” debe manifestarse claramente desde las etapas formativas. Si los seminarios no están preparados para recibir candidatos de los sectores más pobres de la diócesis, si no hay (casi) candidatos de esos sectores, es un síntoma preocupante de que la opción no es verdadera. Por otra parte, las etapas formativas (estudio, destinos, testimonios presbiterales) deben estar hondamente signadas por la opción por los pobres[20].
  3. Los modelos de presbíteros que se presentan deben ser cuidadosamente seleccionados. Creemos que en nuestro país los hay, y nos parece urgente precisarlo. Podemos señalar “confesores”, como el cura Brochero, Orlando Yorio y otros muchos de nuestro tiempo (señalamos también obispos como Devoto, Zazpe, Jaime de Nevares y Jorge Novak), y particularmente los mártires, a los que creemos que “olvidarlos” es hacer oídos sordos a la enseñanza que Dios mismo nos deja. Entre otros muchos queremos recordar a Carlos Mugica, Gabriel Longevielle y Carlos de Dios Murias, y la enorme figura episcopal de mons. Enrique Angelelli.
  4. Creemos que el modo de vida que se pretende de los presbíteros los aleja del pueblo de Dios, en lugar de acercarlos. La “vestimenta sacerdotal”[21], la dificultad para que los presbíteros trabajen[22], el celibato obligatorio[23] son algunos de los más evidentes signos de ello. Si la característica del sacerdocio del NT es la cercanía, estos “signos” manifiestan todo lo contrario.
  5. La centralidad del Reino, que claramente se descubre en los Evangelios y fue tan sabiamente destacada por Pablo VI (EN 8-14) no puede estar ausente en la vida y el ministerio de los presbíteros. Si el presbítero está al servicio del Pueblo de Dios (= Iglesia), ésta -la Iglesia- está al servicio del Reino. Los signos y palabras, que constituyen el modo de la evangelización deben ser profundamente asimilados por los presbíteros. Pero ese reino, que no se identifica con la Iglesia, es predicado como “Buena Noticia” (Lc 4,43; 8,1; 9,60; 16,16; Hch 8,12) que se dirige a los pobres (Mt 11,5; Lc 4,18; cf. Is 61,1). Esta “centralidad” debe quedar claramente manifiesta no sólo en la vida de la Iglesia, sino en el ministerio de los presbíteros; y la Iglesia debe manifestar una constante disposición a convertirse al Reino de Dios.
  6. La pobreza de los presbíteros debe ser un signo fundamental, como desde Medellín se viene señalando: Medellín I, Intr.; XI,3: “La pobreza evangélica, que es vivida en la Iglesia de acuerdo a distintas vocaciones, tendrá que concretarse, para los presbíteros diocesanos, en un estilo de vida que les dé las posibilidades económicas que se adecuen a un ministerio de especial situación comunitaria”; XIV: “La pobreza de la Iglesia”, y también el Episcopado Argentino: “La pobreza es esencialmente servicio y amor, desprendimiento y libertad, serenidad y gozo” (San Miguel c.III, Intr.). El signo escatológico es evidente, como ya lo señalaba Puebla siguiendo a Pablo VI: “De este modo, "este testimonio silencioso de pobreza y de desprendimiento, de pureza y de transparencia, de abandono en la obediencia puede ser a la vez que una interpelación al mundo y a la Iglesia misma, una predicación elocuente, capaz de tocar incluso a los no cristianos de buena voluntad, sensibles a ciertos valores" (EN 69)”. Lo mismo acaba de señalar Juan Pablo II a los Obispos en el Discurso Inaugural del Sínodo de Obispos 2001: “La pobreza es un rasgo esencial de la persona de Jesús y de su ministerio de salvación, y representa uno de los requisitos indispensables para que el anuncio evangélico sea escuchado por la humanidad de hoy”.
  7. La colaboración con el ministerio Episcopal, es una característica del ministerio de los presbíteros. También lo señalaban los obispos en San Miguel: “Por la participación del ministerio episcopal conferido a los presbíteros en el sacramento del Orden, comprendemos, hoy más claramente que antes, que no es posible gobernar la Diócesis sin escucharlos, consultarlos, dialogar con ellos, como con nuestros hermanos y amigos, sobre las necesidades y modalidades del trabajo personal y el bien de la Iglesia” (II, 3 “el diálogo”), ya que “por la unción del Espíritu Santo que se les ha dado en la Ordenación, son los colaboradores y consejeros necesarios del Obispo, constituyen con él un solo presbiterio, ejercen el sacerdocio único de Cristo y forman una sola familia, cuyo padre es el Obispo” (II,5).
  8. El presbítero es autoridad en su comunidad, y un desafío constante es el modo de ejercerla, particularmente por una cierta “sacralización de la autoridad” que nos aleja de la gente. El desafío consiste en evitar creerse “dueños del rebaño”: el ministerio es un “servicio de verdad, porque ni la doctrina que predicamos es nuestra, es del Padre; ni es nuestra la grey que apacentamos: es de Cristo” (San Miguel II,C), como Bpor otra parte- queda claro en los dichos a Pedro del Resucitado en Jn 21: “mis” ovejas... Precisamente creemos que debe distinguirse la autoridad -que viene dada por la cercanía y la misericordia- del “poder”, o “autoritarismo”, que quitan credibilidad. La misericordia y la credibilidad, que son centrales en Hebreos también deben manifestarse muy claramente en el ministerio de los presbíteros.
  9. La espiritualidad, debe estar marcada por el paso del espíritu de Dios en la historia de los presbíteros. No debería ocurrir que la espiritualidad se parezca más a un ejercicio de contemplación platónica que a un descubrir el paso del Espíritu en medio de la historia. No parece coherente con una espiritualidad evangélica, que los presbíteros no conozcan las “malas noticias” a que están acostumbrados “los pobres de la tierra”, y que no sepan transmitir “buenas noticias” a esta realidad tan dura que hoy padecen las “ovejas del rebaño”. Así entendida, la espiritualidad significa que la “actividad sacerdotal es perticipación en el trabajo pastoral y el amor de pastor de Jesucristo; que espiritualidad sacerdotal no es algo paralelo a su actividad, sino algo que se realiza en medio de ella[24]. Pero sólo en contacto y cercanía con esa realidad y un ministerio creíble y misericordioso, sólo “con un oído en el Evangelio y otro en el pueblo” creemos que hoy pueden los presbíteros dar respuesta a los desafíos de la Iglesia y de la historia.

 

[1].- Pontificia Comisión Bíblica, “Interpretación de la Biblia en la Iglesia” 39, 1

[2].- Cf. H. de Lubac, Esegesi medievale. I quattri sensi della Scrittura (Roma 1952) 220-221.

[3].- No sólo debemos mirar el espacio en el que se desarrolla la “vida” (Leben) sino, en América Latina particularmente, en el que se desarrolla la “muerte” (Tod).

[4].- “La Iglesia no puede ya funcionar en la sociedad como la figura de una institución tutelar que la encuadra y la rige, que dice con autoridad lo que es verdadero y lo que es falso, lo que está bien y lo que está mal, que constituye un refugio y una seguridad (...) La Iglesia no tiene que juzgar a este mundo, sino mostrarle que es objeto de su amor incondicional, con independencia de sus perversiones. Su lenguaje tiene que ser cada vez más el del cariño y la misericordia. Porque este mundo es el mundo del ser humano que sufre, más aún que en el pasado, y debido incluso a sus progresos en todos los terrenos. En medio de sus angustias tiene necesidad de una "Buena Noticia" y de palabras de paz. En medio de él la Iglesia sigue siendo el testigo de la memoria, de la memoria de la Buena Noticia de Jesucristo”: B. Sesboüe, No tengáis miedo,(Santander 1996) 114.

[5].- “Nos parece evidente que esta renovación (de la Iglesia) tiene dos polos: por un lado los orígenes cristianos, que proporcionan el criterio esencial y básico para entender algo como cristiano o no-cristiano. Por otro lado, el mundo moderno al cual debe ser traducido lo que es esencialmente cristiano y que debe estar siempre ante los ojos como el otro sujeto del diálogo, si no se quiere caer en un historicismo muy poco bíblico o en el arcaísmo”.J. Ratzinger, Declaraciones conciliares sobre las misiones fuera del decreto Ad Gentes’“ en J. Schütte svd (dir.) Las misiones después del Concilio. Comentario al Decreto Conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia, (Buenos Aires 1968) 50.

[6].- Su intervención fue publicada por la Oficina del Libro en “La cristología sacerdotal de la carta a los Hebreos” (Buenos Aires 1997).

[7].- En realidad, la “misericordia” aparece como opuesta a la “santidad”, puesto que mientras la “santidad” es característica de un sistema de separaciones y exclusiones, que terminaba excluyendo a paganos, pecadores, mujeres, niños, pobres, leprosos, publicanos... la misericordia busca incluirlos en el banquete del reino. Esto, Jesús lo manifiesta con una voz pasiva (pasivum divinum) manifestando que “Dios lo ve distinto”: “el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado” (por Dios, se entiende), Lc 14,11; 18,14. Es evidente que Jesús sustituye el “sean santos como Dios es santo” de Lv 19 por el sean misericordiosos como es misericordioso el Padre (Lc 6,36). Cf. R. Aguirre, La mesa compartida (Santander 1994) 122.

[8].- Vanhoye ha demostrado que el griego Apistós”, más que traducirlo por “fiel” debe ser leído como “creíble”, “digno de credibilidad”. A. Vanhoye, Sacerdotes Antiguos, sacerdote nuevo según el N.T. (Salamanca 1984) 109, notas 15 y 16. Flavio Josefo muestra con sobrados ejemplos la falta de credibilidad de que ‘gozaba’ el sumo sacerdocio en Israel en este tiempo. Así comienza, por ejemplo, su Guerra de los Judíos: “Entre los notables judíos surgieron desavenencias en la época en que Antíoco Epífanes disputaba la posesión de Siria al sexto Ptolomeo. Era una querella de ambición y de poder, porque ninguno de los grandes personajes quería estar subordinado a sus iguales. Onías, uno de los sumos sacerdotes, conquistó la supremacía y expulsó de la ciudad a los hijos de Tobías; éstos buscaron el amparo de Antíoco, a quien pidieron que los usaran como guías para invadir a Judea” (B.I. 1,1' 1).

[9].- “El origen del ministerio presbiteral no es únicamente el culto, sino ante todo la misión, y que lo fundamental en el ministerio es su apostolicidad (...)El culto es una cima, pero una cima de la que siempre hay que descender. A ella se sube, de ella se baja. Esta pulsación profunda permite decir que el fondo del ministerio del presbítero es de orden profético (...)Lo primero no es el culto sino el Evangelio. Y si hay una comunidad de iniciados (que celebran la Eucaristía), es precisamente porque hay una comunidad que ha accedido a la predicación evangélica de la Iglesia apostólica”: G. Martelet, Signification et ròle du ministére presbyteral, Secrétariat de la Conférence d’Évêques de France. Apostolat des laïcs, enero 1993, 1-2.

[10].- J. Ratzinger, Declaraciones conciliares sobre las misiones fuera del decreto Ad Gentes’“ en J. Schütte svd (dir.) Las misiones después del Concilio. Comentario al Decreto Conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia, (Buenos Aires 1968), 45-47

[11].- El card. W. Kasper ha planteado esto recientemente en una discusión con el card .J. Ratzinger, Acerca de la Iglesia, Criterio 2262 (junio 2001) 274-280.

[12].- Su importante obra, The Churches the Apostles left behind (New York 1984 [hay edición castellana]) no incluye -él mismo lo señala- ni elementos de Jesús histórico, ni de Pablo, sino del último tercio del siglo I. Para esta parte es importante G. Lohfink, La Iglesia que Jesús quería (Bilbao 1986), profundizado ahora en G. Lohfink, )Necesita Dios la Iglesia? (Madrid 1999); cf. H. Lona, Gracia & comunidad de salvación. Fundamentos bíblicos (Buenos Aires 1998).

[13].- Citado por P. Evdokimov, La nouveauté de l’Esprit. Études de Spiritualité (Spiritualité Orientale N1 20) 96.

[14].- Sobre el tema del lugar de la mujer en las comunidades cristianas, la presidencia de las comunidades, los ministerios, etc., hay mucho material que va más allá de la discusión sobre su acceso al ministerio ordenado, cf. R. E. Brown, La Comunidad del Discípulo Amado (Salamanca 1983) 179-192; P. Grelot, La condición femenina en el Nuevo Testamento (Madrid 1995) 91-184. Hay, asimismo, un aporte de la Pontificia Comisión Bíblica al respecto.

[15].- Nos preguntamos por los desafíos de la Iglesia porque no pensamos posible pensar el ejercicio del ministerio presbiteral fuera de este marco primero. Sin entender a la Iglesia como “Pueblo de Dios”, y sus principales desafíos, nos parece sin sentido pensar el presbiterado. Dice Vanhoye: “El sacerdocio de la iglesia no consiste en celebrar unas ceremonias, sino en transformar la existencia real abriéndola a la acción del Espíritu Santo y a los impulsos de la caridad divina. Desde este punto de vista específicamente cristiano, los ministerios ordenados están al servicio del sacerdocio común y no viceversa”: Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo, p. 321.

[16].- The Beginnings of the Church (New York 1988) 195-206. Es el capítulo conclusivo de su interesante obra (cap. 9: Los comienzos de la Iglesia - Hoy).

[17].- Muchas cosas que se predican como “cristianas”, más que fundamentadas en la Biblia, parecen propias del platonismo, o del aristotelismo. No estamos desconociendo el enorme aporte que el helenismo hizo al cristianismo, sino señalando que algunos elementos son más helénicos que bíblicos, y si tuvieron razón de ser en un determinado tiempo y espacio, no necesariamente lo tienen en el nuestro. Por ejemplo los temas del “sufrimiento”, el del “poder”, el “cuerpo”, “la verdad”, “la mujer”, etc....

[18].- Es algo que la religiosidad popular ha hecho en sus expresiones de fe.

[19].- Th. Schneider (dir.) Manual de Teología dogmática (Barcelona 1996) 986.

[20] .- Precisamente porque debería centrarse el presbiterio en la cercanía a la humanidad en contraste con la separación del sacerdocio del AT, debería revisarse el Seminario como estructura de formación que separa durante 6 ó más años al candidato al ministerio de las circunstancias de la vida y sufrimiento que, se supone, debería acompañarlo de cerca después de ordenado. El seminario es un lugar donde todo está pautado, no se pasan privaciones, sino que se provee a los candidatos de todo lo necesario para vivir sin sobresaltos, no se gana el pan con el sudor de la frente ... En los mejores de los casos, sólo los sábados y domingos se entra en contacto con la realidad de los barrios y la vida cotidiana de la gente. Es posible que esto influya en la mentalidad de superioridad y lejanía que muchos ven en los presbíteros. No se entienda esto como desprecio del sentido prioritario del tiempo dedicado al estudio, la formación y la oración, pero tal vez esa formación deba recibirse mientras se está en contacto con el mundo y la gente, ya que muchos Seminarios hacen las veces de burbuja que impide escuchar el grito de las víctimas. "La situación exigirá cada vez más cualidades en los presbíteros y, por ello mismo, una formación tan excelente como sea posible. No se trata ya de seguir caminos perfectamente trazados, ni mucho menos de instalarse en prerrogativas de ningún tipo, sino de inventar, arriesgar y animar, aún a costa de la propia persona. Lo cual requiere una fe profunda y teológicamente reflexionada, una vida espiritual intensa, una caridad muy desinteresada en aras del reino, una excelente capacidad de juicio y discernimiento, un tacto psicológico apropiado, una aceptación del "inconfort evangélico". En muchos aspectos, esta figura del Presbítero será más misionera que en el pasado", B. Sesboüe, No tengáis miedo (Santander 1996) 115.

[21].- Que los presbíteros deben “distinguirse” por su vestimenta, en lugar de “asemejarse” a los miembros del pueblo de Dios, nos parece más propio del ministerio del AT que del NT.

[22].- A lo sumo se concede que trabajen en trabajos “nobles” como la docencia, pero no trabajos “manuales” que no parecen nobles. En esto se ve claramente la diferencia entre la concepción helénica del ocio, y la desvalorización del trabajo, y la concepción semita. No se debería olvidar que Pedro trabajó manualmente, lo mismo que Pablo y -sobre todo- Jesús de Nazaret.

[23].- Creemos que el celibato tiene una profunda significación y valor que queda disminuido en mucho al ser “obligatorio”, perdiendo su valor simbólico. Como es sabido, los “signos” deben cambiarse si pierden su “significado”; es un error confundir el signo (en este caso el celibato) con lo que se busca significar (el sentido de la consagración al Pueblo de Dios). Creemos que esa “consagración” tiene hoy muchas maneras más evidentes de mostrarse. Creemos que la abolición del celibato obligatorio, después de un primer tiempo de “acomodamiento”, mostrará claramente su sentido y valor y permitirá, además, aclarar situaciones que son por todos sabidas pero “no se hablan”. Además de la importancia, urgente para nuestro tiempo, de contribuir a la madurez afectiva de los ministros.

Es verdad que el celibato obligatorio de los presbíteros no es algo que pueda decidir la Conferencia Episcopal, pero nos parece urgente una reflexión sobre el mismo: por una parte, ya lo señala J. B. Metz, pareciera que los religiosos deberían ser quienes con más vehemencia se opusieran al celibato obligatorio ya que quita expresividad a uno de sus mayores signos para nuestro tiempo, que ellos viven como “opción”; por otra parte, parece que se sostiene el celibato sacerdotal en nombre de un seguimiento radical de “Jesús virgen” mientras que no se propone la misma radicalidad en un rasgo más esencial de Jesucristo considerado como acontecimiento salvífico y concreción de la gracia (= Evangelio), que es su dedicación a los pobres, enfermos y marginados, aún en lo que atañe a su alivio "material". Por otra parte, si la mirada se pone en el seguimiento de Jesús, antes que en su “imitación”, creemos que el acento en el celibato pierde mucha fuerza ya que no es este un tema central en el NT, como es evidente.

[24]J. Ratzinger, Declaraciones conciliares sobre las misiones fuera del decreto Ad Gentes’“ en J. Schütte svd (dir.) Las misiones después del Concilio. Comentario al Decreto Conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia, (Buenos Aires 1968) 47.

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